



Aún durante la primera mitad del siglo XX la charcuterie en Francia sigue desarrollándose en ámbitos familiares aunque en ocaciones asistidos por distinto personal.
Las técnicas practicamente son las mismas, ni idea de contaminaciones cruzadas ni de desarrollo bacterial, pero son raros los casos de clientes contaminados.
Sin los conocimientos que mas tarde se desarrollan, los agregados de sal, la eliminación del contenido de agua y otros procedimientos como el ahumado hacian que la ingesta fuera segura dentro del panorama del momento.
Este es el clima que se vivia a mi llegada a la familia.
Mis recuerdos más antiguos me llevan al asombro que me causaba quien ataba los chorizos a medida que iban saliendo de la máquina de picar.
Es que la tradición europea se habia trasladado a nuestro país y se faenaba un cerdo en el mes de junio cuando las temperaturas aseguraban que nada se echaria a perder.
De la cocina donde colgaban del techo para aprovechar el humo que les daría el sabor característico se veian los salames, los jamones y los capocuelos.
Allí la cocina a leña era dominada por la querida Ana quien habia llegado a la casa desde Italia de la mano de mi abuelo Alfonso quien seguramente de esa manera le aseguraba una comodidad que no tenia en Massa Lubresse.
La faena la recuerdo como la vivian en aquella época, como una fiesta.
Y los productos al llegar a la mesa se consumian con el orgullo de lo que se hace en casa.
Una gran mesa donde se sentia la risa contagiosa de mi papá, y donde el sueño me llamaba antes de que se levataran, de modo que con Un beso para todos, me iba a acostar de la mano de mi mamá.
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